Nunca había pensado en la mecanografía como algo más que una habilidad práctica, hasta que empecé a notar lo mucho que influye en mi rutina diaria. Paso horas frente al ordenador organizando proyectos, creando listas y escribiendo notas rápidas. Antes, cada vez que necesitaba registrar algo urgente me frustraba porque mis dedos no respondían de manera natural y se me hacía difícil mantener el ritmo mental. Para cambiar eso, descubrí un
entrenamiento de digitación que me ayudó a pensar de manera distinta sobre escribir. No es solo “teclear rápido”: es un ejercicio de coordinación, memoria y enfoque. Cada sesión me hace consciente de cómo me muevo frente al teclado, cómo mis manos interactúan con las palabras y cómo pequeños ajustes mejoran mi flujo de trabajo. Lo más sorprendente es que ahora escribir se siente casi como un hábito mental: ya no es solo una tarea, sino una extensión de mis ideas. Incluso me ayuda a planear proyectos más complejos, porque la mecanografía deja de ser un obstáculo y pasa a ser una herramienta para organizar mis pensamientos de manera más clara y eficiente.